Escribe: Juan Carlos Ortecho

El estadounidense LeBron James es al básquetbol lo que Cristiano Ronaldo al fútbol. Fue llamado a ser el sucesor de Michael Jordan desde que era un adolescente, y deslumbró a todos formando el triunvirato mágico del Miami Heat junto con las superestrellas Dwyane Wade y Chris Bosh. Con dicho equipo alcanzó todas las finales de la NBA desde la temporada 2010-2011. Rey James, como se le ha llegado a conocer al jugador nacido en Akron, Ohio, tiene asegurado un lugar en el Salón de la Fama de la NBA.

Antes de iniciar la temporada 2014-2015, sin embargo, el atleta de 29 años anunció que volvería a jugar por el equipo con el que debutó como profesional: los Cleveland Cavaliers. En 45 años de historia, los Cavaliers solo han llegado una vez a la final de la NBA, y es una tradición que a duras penas alcancen los playoffs. Es casi como si Cristiano anunciara que la próxima temporada dejará al Real Madrid por el Rayo Vallecano. LeBron no está jugando en esta temporada en Cleveland solo por amor a su Estado natal, pues su salario en el contra- to de dos años es de 42,1 millones de dólares. ¿Cómo un equipo sin historia y con una base de fanáticos limitada puede darse el lujo de competir en el mercado de pases con los equipos más grandes y emblemáticos de la liga?

La respuesta está en el particular sistema de organización del deporte profesional en Esta- dos Unidos. Un sistema que —a diferencia del de Europa— cuenta con una estructura cuidadosamente regulada, la cual garantiza que, por ejemplo, un equipo de una ciudad pequeña como San Antonio, Texas, haya ganado cuatro títulos de la NBA en la última década. Una organización donde hasta el último de la temporada pasada puede seguir pagando salarios competitivos y mantener una opción legítima y real de ganar la del año que viene.

AGENTES LIBRES

Para entender cómo ha evolucionado el sistema estadounidense, es necesario revisar los tres pilares bajo los cuales se sostiene: el sistema del agente libre o free agent, el de la lotería y, por último, el de topes salariales. Para muchos esto representa una peculiar manifestación de socialismo en la tierra del libre mercado.

Un agente libre, como era el caso de LeBron, es un jugador que se encuentra apto para firmar por cualquier club o franquicia, es decir, que ya no está bajo contrato con algún equipo específico. Sin embargo, el término también se utiliza en referencia a un jugador que está bajo contrato en la actualidad, pero al cual se le per- mite solicitar ofertas de otros equipos para las siguientes temporadas.

La estructura económica que impone un sistema de free agency es en general desventajosa para los clubes, pero beneficiosa para los jugadores. Esto queda demostrado cuando los dueños de los equipos están obligados a competir en igualdad de condiciones —con límites en las cláusulas de rescisión que les permiten “atar” a un jugador a sus colores—, por lo que se ven en la necesidad de aumentar el salario de un atleta que es tentado por otro club.

Desde 1995, con la sentencia del llamado “caso Bosman”, este sistema también es utilizado en Europa. En 1990, el jugador belga Jean-Marc Bosman demandó a su club, el RFC de Lieja, por considerar que las normas de traspaso de la Federación Belga de Fútbol y de la Unión Europea de Fútbol Asociado (UEFA) le habían impedido firmar por un club francés. Si bien el contrato de Bosman con el Lieja había expirado, este club exigía el pago de una indemnización, que el club francés UD Dunkerque se negó a abonar. En su sentencia, el Tribunal de Justicia de la Unión Europea (UE) determinó que los clubes de fútbol del continente no pueden exigir el pago de una cantidad de dinero con motivo de la contratación de uno de sus jugadores por parte de un nuevo club empleador invocando la llamada cláusula de reserva, un mecanismo por el cual los equipos europeos ponían obstáculos a aquellos jugadores que intentaban firmar por otro club, aun en los casos en que la relación contractual hubiera terminado.

El caso Bosman trajo una revolución en el mercado de pases europeo, pues contaba con un ingrediente adicional que no es un factor en el mercado estadounidense: la sentencia también prohibió que las asociaciones deportivas nacionales puedan establecer disposiciones específicas que limiten el acceso de los jugadores extranjeros ciudadanos de la UE a las competiciones que organizan. Gracias a eso, por ejemplo, el peruano Claudio Pizarro no ocupa plaza de extranjero en el Bayern de Múnich, al contar con pasaporte de la UE.

Desde entonces, frente a un mercado más abierto, donde la chequera más gruesa impone condiciones, los grandes clubes de las ligas europeas con mayor poder económico —Barcelona y Real Madrid en España; Manchester United, Chelsea, Arsenal y Manchester City en Inglaterra; Juventus, Milán e Inter en Italia— han podido llenar sus plantillas con los mejores jugadores del mundo. Al mismo tiempo, los de- más equipos de sus respectivas ligas se volvieron menos competitivos.

El fenómeno se replica cuando se compara a la liga española, la Premier League inglesa, la Serie A de Italia y la Bundesliga alemana con las menos prestigiosas de Europa. No es casualidad que, desde la sentencia Bosman, solo dos equipos ajenos a estas cuatro ligas —el Porto de Portugal y el Mónaco de Francia— hayan podido llegar a la final de la Champions League, el torneo de clubes más millonario y prestigio- so del planeta. Tampoco es casualidad, por lo tanto, que el Barcelona o el Real Madrid hayan ganado 25 de los 30 últimos campeonatos de la liga española disputados. Basta ver a Neymar, Messi o Cristiano Ronaldo pasearse a ritmo de entrenamiento con equipos como el Granada o el Getafe. Se trata precisamente de tres jugado- res que durante la competencia más exigente (el reciente mundial de Brasil) dejaron descontentos a muchos fanáticos del fútbol.

LA LOTERÍA
En los deportes más populares de Estados Unidos (fútbol americano, béisbol y básquetbol), y a pesar de encontrarse bajo el sistema del free agency como en Europa, es virtualmente imposible que un grupo selecto de clubes acapare el mercado concentrando en sus filas a los mejores jugadores disponibles. Uno de los elementos que impide que se ensanche la brecha entre los más y los menos poderosos es el sistema de lotería (draft, en inglés), que empezó a implementarse en la década de 1950.

En virtud de este sistema, y mediante un sorteo en el que los equipos con el peor desempeño de la temporada tienen prioridad, las franquicias que forman parte de la liga respectiva incorporan en sus equipos a jugadores menores de 23 años, procedentes de las universidades estadounidenses o de las ligas de otros países. De esa manera, los equipos clasificados últimos tienen la primera opción de fichar a los mejores jugadores que hacen su ingreso a la liga. Salvando las distancias, y sacando de la ecuación algunos factores propios de la UE, esto significa que, en un escenario similar en España, el Almería (clasificado en el puesto 18 de la liga en la tempo- rada 2013-2014) habría tenido la oportunidad de contratar a James Rodríguez luego de Brasil 2014. Como sabemos, el Real Madrid fichó al colombiano, y aunque las actuaciones de este hayan sido solo regulares, el equipo merengue marcha puntero en el torneo 2014-2015. El Almería y sus modestos 23 millones de euros de presupuesto (equivalente a un cuarto del traspaso de James) van en el puesto dieciséis.

Como explica el periodista estadounidense Dominic Tierney en un reciente artículo para The Atlantic, la lógica de este sistema es básicamente socialista en su concepción. Se trata, en síntesis, de restringir la libertad de los jugadores y de los clubes más ricos en función del bien de la colectividad. Lo que se intenta evitar es que el éxito deportivo sea patrimonio de unos cuantos. Otorgar las mismas condiciones hace que los equipos sean más competitivos y que el torneo se vuelva más interesante. Visto de otra manera, es un concepto que va ligado estrechamente al de
la concreción del sueño americano, en el que la igualdad de oportunidades es un presupuesto necesario para el desarrollo efectivo del libre mercado. Los resultados saltan a la vista, dice Noah Gordon, periodista deportivo estadounidense: por ejemplo, “el equipo de fútbol americano de Green Bay tiene igual número de títulos de Super Bowl que los famosos Gigantes de Nueva York”.

TOPES SALARIALES
El otro elemento fundamental que marca la diferencia entre la regulación del deporte profesional en Estados Unidos y en Europa es la existencia de topes salariales en las ligas estadounidenses. Los tres deportes más populares en dicho país tienen, en efecto, una u otra modalidad de regulación que limita el monto individual y colectivo que los dueños de clubes pueden pagar a su plantilla.

El fútbol americano y el básquetbol tienen topes salariales desde la década del 90 (133 millones de dólares por equipo para la NFL y 62 millones para la NBA en el 2014, respectivamente), y el béisbol cuenta con un sistema llamado luxury tax (‘impuesto de lujo’ en inglés), un acuerdo por el cual aquellos clubes cuya planilla exceda un monto determinado deberán pagar un impuesto. En términos efectivos, representa una penalidad por la cual el club que supera el tope salarial establecido debe pagar a la liga el 22,5% del monto en que excedió ese límite. La segunda vez que ese mismo club supere el límite en un periodo de cinco años, debe abonar un 30%, y tres o más veces de exceso merecen una penalidad del 50%.

La idea detrás de esto es evitar que los equipos más ricos incurran en prácticas que son consideradas destructivas para la liga, como, por ejemplo, fichar una gran cantidad de superestrellas, muchas veces para tenerlas sentadas en el banco y evitar que sus rivales tengan acceso a ellas. Con el tope salarial, cada club tiene relativamente el mismo poder económico para atraer a los jugadores que le interesa contratar, lo cual contribuye a la paridad de la competencia y a los beneficios económicos que ello conlleva. Como prueba de esto último, se puede citar el hecho de que la asistencia a los espectáculos deportivos en Estados Unidos su- pera ampliamente a la de los que se dan lugar en Europa. Es decir, los Cleveland Cavaliers necesitan de LeBron James para buscar un título de la NBA, pero no para llenar los asientos del Quicken Loans Arena semana a semana.

¿SOCIALISMO VERSUS CAPITALISMO?
Si bien la UEFA ya ha tomado nota del efecto pernicioso producido por un mercado sin regulación, la igualdad de oportunidades sigue siendo una utopía para la mayoría de clubes europeos. A través de la implementación de un conjunto de reglas conocido como UEFA Financial Fair Play (en inglés, ‘juego limpio financiero’) se establecen algunas restricciones, pero estas se dirigen básicamente a evitar que los equipos salgan de farra en el merca- do de pases, gasten irresponsablemente y se vayan a la quiebra. La idea es evitar que los clubes superen una determinada cifra en el presupuesto que destinan a la contratación de jugadores e introducir una mayor disciplina y racionalidad en sus finanzas.

Sin embargo, solo casos extremos han recibido penalidades, como el Manchester City de Inglaterra, al que la UEFA ordenó pagar 82 millones de dólares este año por no cumplir con la normativa del Financial Fair Play. Después de gastar más de 1.000 millones de dólares solo en la pasada temporada —y en la cual el City se alzó con el título de la liga—, pagar solo 82 millones de multa debe haber resultado un buen negocio para el dueño del club, el jeque emiratí Mansour bin Zayed Al Nahyan. Y es que no hay un equivalente a los topes salariales de Estados Unidos, y muchos analistas creen que, a juzgar por lo que sucede en España e Inglaterra —donde se siguen rompiendo récords en montos de contratación—, esta normativa es, por el momento, un saludo a la bandera sin muchos dientes.

Hay un factor adicional que está en el seno de la polémica y que los estadounidenses, con algunas idas y venidas, han podido sortear efectivamente. Se trata del problema planteado por las restricciones a la libertad de trabajo de los atletas participantes. En ese aspecto, todas las ligas de Estados Unidos cuentan con poderosos sindicatos de jugadores que —muchas veces a través de medidas de fuerza, como las huelgas— han logrado consolidar un sano equilibrio entre la relación de trabajo que mantienen con sus clubes y los intereses comerciales de estos. Por ejemplo, el monto de los topes salariales es establecido en virtud de una negociación colectiva que les garantiza ser remunerados de acuerdo con su alta calificación como profesionales y no como producto de una decisión unilateral de la liga o de los clubes. En Europa, por otro lado, si bien Cristiano Ronaldo recibe un sueldo anual de 52 millones de dólares, su cláusula de rescisión es de 1.400 millones (casi el PBI de cualquier nación centroamericana o africana). Esto quiere decir que, en caso de encontrarse insatisfecho en su trabajo, las posibilidades para el portugués de buscar un nuevo club —incluso con una mejora salarial— son mínimas.

LA BÚSQUEDA DE LA FELICIDAD
Con algunas limitaciones y excepciones, y a juzgar por la percepción del público y de los participantes (clubes, dueños, jugadores, empresa privada), la incorporación de elementos de naturaleza regulatoria en el sistema deportivo estadounidense parece ofrecer mejores resultados y tener contentos a muchos más que el sistema de libre mercado sin controles del fútbol europeo.

Las bases de este sistema no son nuevas en Estados Unidos. Hace más de 50 años, este espíritu solidario ya había sido revelado, con la intervención del Congreso en la llamada Ley de Transmisión de Eventos Deportivos (Sports Broadcasting Act, 1961), la cual permitió que las ligas negociaran colectivamente sus derechos de transmisión por televisión. En sus considerandos, la ley reconoce el hecho de que las diversas franquicias en una liga, si bien son competidoras en el sentido deportivo, no son competidoras comerciales en la medida en que se trata de socios interdependientes, cuyo éxito como empresas está entrelazado, y, por lo tanto, un cierto nivel de equilibrio en la competencia entre ellos debe existir para que todos continúen siendo comercialmente viables.

Más que un velado guiño socialista de los estadounidenses, se trataría de asegurar la libertad de oportunidades en la búsqueda de la felicidad para todos, algo que, recordemos, está consagrado por la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de 1776. Los Cleveland Cavaliers de LeBron lo saben muy bien. Pasada la mitad de la temporada 2014-2015, marchan segundos en su división y por primera vez en cinco años tienen muy buenas posibilidades de clasificar a los playoffs.