Bloomberg informa que, en la opinión de expertos analistas de Citigroup y UBS AG, Arabia Saudita tiene todos los incentivos para continuar aumentando sus volúmenes de producción de hidrocarburos, aún a costa de una continua baja en los precios del crudo. Ya en marzo el ministro saudí de petróleo, Ali Al-Naimi, confirmó que la producción de su país había subido a 10,3 millones de barriles diarios, cerca de sus récords históricos. Aunque Al-Naimi no hizo explícita una razón para el alza, algunos observadores (como The Wall Street Journal) la atribuyeron a un aumento de la demanda.

Para Bloomberg, sin embargo, el combustible detrás de estos incrementos es el deseo de los saudíes de mantener su posición de mercado, en cerrada competencia con la producción norteamericana de petróleo y gas de esquistos bituminosos, o "shale". Arabia Saudita busca minar a sus rivales en el mercado (es decir, Estados Unidos) mediante el uso intensivo de sus reservas, incluso si esto contraviene los deseos de otros miembros de la OPEP. Irán, por ejemplo, ha venido pidiendo recortes en la producción desde principios de año, y lo mismo ha hecho (desde fuera de la organización) Rusia, pero sin la anuencia del principal exportador, los recortes son muy poco probables.  

Por cierto, hay quien ve en esta obstinación de los sauditas una guerra de precios no con los productores norteamericanos, sino con el sistema financiero mundial. Desde ese ángulo, la jugada saudita no está dirigida tanto a contrarrestar el ingreso al mercado del petróleo y el gas "shale", sino a redirigir el flujo de capital global, que financió la sobreproducción reciente en ese sector, hacia los hidrocarburos más convencionales. Sería, en suma, una búsqueda de restaurar el viejo equilibrio.

De cualquier forma, Al-Naimi se ha convertido, dentro de la OPEP, en el principal obstáculo para cualquier intento de reducir los volúmenes de producción, algo que sorprendió a muchos ya desde mediados del año pasado. Históricamente, Arabia Saudita ha modulado la producción como un mecanismo de control de precios en el mercado internacional, y su negativa a hacerlo en esta ocasión significa, para muchos, un cambio importante de estrategia. Tanto así, que algunos se preguntan si no hay detrás de ello algo más profundo que la competencia con el "shale" norteamericano.

Quizás, dicen estos observadores, Al-Naimi y Arabia Saudita están respondiendo sobre todo a un temor de largo plazo: la perspectiva de una reducción global de la demanda no únicamente hoy, sino en los próximos años y décadas. Desde esta perspectiva, mantener los precios bajos es una manera de frenar el desarrollo de energías alternativas, en particular como respuesta al cambio climático. Así, hay quienes ven en esta estrategia un intento de "extender la Edad de los Hidrocarburos", según tituló no hace mucho un informe de Bloomberg Markets

Y, en efecto, Al-Naimi ha expresado en más de una ocasión sus preocupaciones con respecto a la demanda de hidrocarburos en el mundo. Para él, el viejo problema del "pico petrolero" (el punto en el que los suministros de petróleo explotable empiezan a declinar) es menos angustiante que el "pico de demanda": ésta, dice el ministro saudita, declinará antes y más rápido que las reservas y los depósitos.

Este hombre está sentado en las alturas de la industria petrolera mundial, y ve panoramas que muchos, más abajo, no podemos ver. Hay que escucharlo, y hay que ver lo que hace con atención. 



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